El largometraje dirigido por Kohei Kadowaki ha pasado de 72 a 110 cines en Japón y continúa ganando espectadores gracias a una historia sobre la amistad, el aislamiento y los recuerdos de la infancia.
La historia
La película de animación «Somos extraterrestres» (Wareware wa Uchūjin) ha ampliado su distribución en Japón después de superar los 422 millones de yenes de recaudación y los 262.855 espectadores. En su día 38 en cartelera, registrado el 1 de noviembre, el largometraje se proyectaba en un total acumulado de 110 salas, frente a las 72 de su estreno del 25 de septiembre.
Una historia de amistad y aislamiento
La cinta es el primer largometraje de animación dirigido por Kohei Kadowaki. Su historia se desarrolla en un pueblo rural japonés de la era Heisei y sigue a Tsubasa, un niño introvertido preocupado por encajar y ser «normal». En tercer curso de primaria conoce a Akitaro, un compañero popular considerado «especial», y ambos comienzan una amistad marcada por juegos, conversaciones sin importancia y paseos al atardecer.
La relación cambia cuando Akitaro empieza a quedar aislado dentro de la clase. Los rumores, las miradas y el distanciamiento progresivo de los demás lo convierten en un extraño para el grupo. Tsubasa quiere protegerlo, pero teme convertirse también en objetivo del rechazo. La película sigue las consecuencias de aquel episodio y su influencia en la vida de ambos durante un periodo de 30 años.
Una animación construida desde la memoria
La producción también ha llamado la atención fuera de Japón. La película fue presentada en la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes y en festivales de animación como Annecy y Ottawa, además del Festival Internacional de Cine de Sitges.
Kadowaki explicó que el proyecto nació de su deseo de conservar mediante la animación algunos recuerdos de su infancia. Aunque las experiencias personales representan aproximadamente entre un 20 % y un 30 % de la obra, elementos como las mochilas usadas, los pupitres escolares y los paisajes cotidianos buscan despertar una sensación de memoria compartida.
Para reforzar el movimiento natural de los niños, el equipo grabó material de referencia real para casi todos los planos. El director participó además en áreas como el arte, el color, la animación y el montaje, con una propuesta visual inspirada en la pintura impresionista y en el realismo del siglo XVII.
La ambientación de un pueblo rural no queda ligada a un lugar concreto: funciona como un espacio en el que cada espectador puede reconocer su propia aula, su camino de regreso a casa o recuerdos que creía olvidados.

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